Si bien el turismo del vino o enoturismo ha venido creciendo de manera significativa durante la última década en nuestro país, la participación de los chilenos en esta actividad sigue siendo escasa, representando cerca del 20% del total. Vale decir, un número que bordea los doscientos mil visitantes al año, repartidos en las más de cien bodegas abiertas al turismo que existen desde las regiones de Atacama a Los Ríos en la actualidad.

Por Gonzalo Rojas A., Director Ejecutivo de VINIFERA

Las razones de esta relativamente baja concurrencia son muchas y variadas: La escasa cultura del vino que existe entre los chilenos, la visión elitista que muchas veces ofrece la Industria, los altos precios de entrada a algunas bodegas, la poca costumbre de los visitantes nacionales a salir a conocer los valles y destinos vitivinícolas cercanos a su ciudad, la poca oferta existente para los fines de semana. Sin embargo, a nuestro entender, la principal razón que explica este divorcio más que por el lado de la demanda, está en la oferta de productos y servicios que las bodegas chilenas vienen ofreciendo a los visitantes durante los últimos años, los que, en general, muestran un bajo grado de sofisticación, diferenciación y creatividad. 

Si consideramos que más de la mitad de los visitantes a las bodegas de vinos son brasileños, seguidos por turistas ingleses y norteamericanos, podemos ver cómo este fenómeno se ve altamente influenciado por la visita a los centros de nieve y los parques nacionales de Atacama y Patagonia. Para la mayor parte de estos visitantes extranjeros, visitar una bodega –una o dos veces en su vida- representa en sí una novedad, un producto interesante. Pero esto no funciona con los chilenos, quienes perciben que las bodegas son lejanas, un tanto aburridas o bien monotemáticas, con un precio muy alto, ya que el promedio nacional de entrada a una bodega para realizar un tour básico es de quince mil pesos por persona, y sólo incluye tres degustaciones por copa.

Para encantar al visitante nacional se deben hacer esfuerzos mayores para conocer sus necesidades y plantear panoramas atractivos. Programas de visita a viñedos combinados con experiencias de naturaleza, tales como el senderismo, paseos en bicicletas y los picnics podrían buenamente funcionar.

Asimismo, llevar la cultura del vino hacia un ámbito más lúdico, menos formal y rígido, ciertamente que ayudaría bastante, con panoramas para las parejas y la familia, incorporando alternativas de entretención para niños, jóvenes y tercera edad.

De lo que se trata aquí es de entender que para los chilenos, las bodegas no pueden ser sólo fábricas de vino. Con eso no bastará para entusiasmarlos a dejar atrás el asado del fin de semana y planificarse para salir de la ciudad.

De esta manera, será más interesante y accesible para un número mayoritario de chilenos visitar una bodega de vinos, donde no solamente se puede aprender de este noble producto y sus procesos productivos involucrados, sino además, tener una excusa para disfrutar de un día al aire libre, junto a una buena propuesta gastronómica, deportes, cultura y esparcimiento, resignificando la bodega vitivinícola como un espacio de la cultura local, hacia los propios visitantes nacionales y también internacionales. En esta materia, Argentina nos lleva dos décadas de adelanto. Europa, casi un siglo. 

La buena noticia es que el vino está reconquistando la mesa de los chilenos el fin de semana. Ahora el desafío es sembrar el amor por su cultura.

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