La tercera edad ya no es lo mismo que era antes. Hoy en día una persona de 60 a 70 años, relativamente sana, generalmente es vital y auto-valente, a diferencia de hace unos años atrás donde a esa edad alguien ya era “viejito”.

Por Andrea Donaire

En esta pandemia, a muchos nos ha tocado tenerle paciencia a nuestros adultos mayores cercanos. Con tal de poder estar conectados con ellos hemos tenido que cerrar la brecha digital, tratando de explicarles la forma de conectarse a cualquiera de los medios existentes. Eso puede llegar a frustrarnos bastante y es necesario tener y cultivar la empatía para manejar la situación de mejor manera.

Pero hay algo que va más allá de la empatía y que veo mucho en esta pandemia: algunos hijos pasamos a tomar un rol (sobre) protector con nuestros padres/madres cuando aún no es tiempo. Es decir, cuando ellos y ellas todavía son capaces de valerse por sí mismos/as (hablaré de padres, madres e hijos, pero puede tratarse de cualquier adulto mayor cercano).

Esto puede producir a los hijos mucha preocupación y angustia por que sus padres se puedan contagiar. Al momento de abordar los riesgos de contagio con nuestros padres y madres y las precauciones que es necesario tomar, podemos tener distintos escenarios, por ejemplo:

– El adulto mayor entiende el riesgo, se cuida y se deja ayudar en lo que necesita.

– El adulto mayor entiende el riesgo, y el hijo/a se hace cargo de su seguridad. Aquí ocurre un cambio de roles: El hijo pasa a ser el que decide y protege, y el padre/madre quien se deja atender.

– El adulto mayor no entiende el riesgo, y piensa que el hijo/a preocupado/a exagera. No se cuida ni se deja ayudar. En este caso puede haber un conflicto entre quien quiere cuidar y quien no se deja, deteriorando la relación.

Pueden existir muchos casos más, por supuesto.

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Aquí es donde los quiero invitar a hacer conciencia que los hijos/as tenemos una gran elección frente a nosotros: sufrir y angustiarnos por la posibilidadde que nuestros padres se contagien; o aceptar que la vida sigue un curso que no podemos controlar, aunque no nos guste, aunque nos duela. Y esto incluye respetar que nuestro querido padre/ madre es 100% autónomo/a para decidir y vivir las consecuencias de lo que hace o no hace.

Como dice la frase atribuida a Buda, “El dolor es parte de la vida, el sufrimiento es opcional”. Y el sufrimiento está en la resistencia.

Resistencia a la distancia, al dolor, a la muerte. En muchos casos tememos tanto a la muerte que ni siquiera nos atrevemos a hablar sobre qué medidas tomaríamos si se enferman y empeoran.

Olvidamos que después de que crecemos, nuestra relación con ellos es de adulto a adulto y podemos confundir el dejarlos decidir, con no quererlos. Pero podemos amarlos mucho y aceptar que son libres de decidir lo que quieran.

Hay dos palabras claves en juego: Aceptación y Respeto.

Aceptación, en lugar de resistencia.

Respeto, en la definición de Humberto Maturana, que dice que el otro es diferente de mí, legítimo y autónomo”.

¡Vaya desafío, respetar y aceptar! No es fácil, y es una reflexión y una DECISIÓN que está en manos de cada uno.

¿Cómo podría cambiar tu vida si aplicaras estos dos conceptos?

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