La hermosa fotografía de Daniela Riquelme refleja el resultado de un proyecto que se ha ido consolidando en uno de los lugares más áridos del mundo. Ingrid Poblete, agrónoma e investigadora, y la periodista Paola Fernández, nos hablan del particular Vino del Desierto.

Por Ingrid Poblete y Paola Fernández

Fue descubierta en la región de Tarapacá, a raíz de una colecta de material vegetal efectuada en el año 2003 por la Universidad Arturo Prat, con el objetivo de rescatar plantas de vid que quedaron olvidadas en el tiempo, que lograron sobrevivir en el desierto más árido del mundo y que guardaban el recuerdo de la producción vitivinícola de la región.

Para su identificación, se realizaron análisis moleculares a nivel nacional e internacional y al no lograr su identificación, se procedió al registro de la cepa ante el Servicio Agrícola y Ganadero en Santiago; así en el año 2016, después de dos temporadas de evaluaciones en terreno, se entregó el registro definitivo de la cepa, constituyéndose en la primera cepa vinífera chilena, bautizada como “Tamarugal”.

Posiblemente su origen se deba a una mutación, dada las condiciones extremas de este desierto que provocó un cambio genético, transformándola en algo nuevo, que le permitió sobrevivir y adaptarse a las condiciones del desierto más árido del mundo, constituyéndose en un patrimonio genético invaluable.

Asimismo, se le conoce como una cepa blanca, de baya grande, de color verde amarillento, con la que se produce “Vino del Desierto” en versión de vinos blancos secos y abocados, con un “terroir” único y que le confiere un sello identitario para la región de Tarapacá y cuya calidad permitió obtener medalla de oro, en el año 2018, en el Concurso Internacional Catad`Or Wine Awards.

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