La ciudad minera declarada Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco nos invita a realizar un inolvidable recorrido por su historia. En Revista MagZ te recomendamos visitarla.

Testimonio exclusivo de un sewellino que contrajo matrimonio por decisión propia: “A mí no me casaron”.

Por Matías Alcántara

Conocer Sewell es mucho más que ir a un lugar soñado con un entorno único. Es un recorrido por las raíces de la minería nacional, que convivió con una sociedad contenta, familias que lo tenían todo, que no pagaban por techo ni calefacción, beneficios muy valorados en ese entonces,  a cambio de una sola cosa: servir a la mina de cobre más antigua del país.

Sewell está a 150 km al suroriente de Santiago, en la Sexta Región, a 2 mil 140 metros de altura en la ladera del cerro Negro, en plena cordillera de los Andes. Se trata de una ciudad que no conoce las calles y donde predominan las escaleras, un lugar que guarda miles de historias entre sus peldaños y que no cierra las puertas a sus visitantes.

Así, la distinción de la Unesco recibida en 2006 premió el esfuerzo de muchos años de trabajo, no solo porque el yacimiento continuó funcionando luego de un siglo de explotación, sino porque hubo preocupación por mantener y recuperar las hermosas construcciones de una ciudad que se resistió al tradicional abandono de los campamentos que ya tuvieron su apogeo. Por el contrario, hubo mucha dedicación por mantener viva la cuna del cobre chileno, la que dio origen a la industria más valiosa del país.

La ciudad en su estado original                  

La Fundación Sewell, creada por la cuprífera estatal Codelco para la difusión y conservación de la ciudad, es la encargada de la mantención y recuperación de sus espacios, así como también de velar por el correcto funcionamiento de las visitas turísticas. Su director ejecutivo, Felipe Rencoret, describe así la visita: “Vienen a conocer un  mundo distinto, una experiencia única, resultado de la epopeya que fue la conquista épica de la montaña.  Es un turismo que deja enseñanzas y conocimiento”. La fundación es el operador oficial, pero también permite la llegada de empresas privadas con pasajeros nacionales y extranjeros. En este sentido cabe distinguir que si bien existe un beneficio evidente en términos de  prestigio y repercusión mediática por ser Patrimonio de la Humanidad, la Unesco entrega asesoramiento y asistencia técnica, pero no recursos, por lo que la fundación debe gestionarlos a través de concursos públicos, pero especialmente por intermedio del turismo. Para autofinanciar las operaciones, se necesitan 250 mil dólares, es decir, 25 mil visitantes al año.

 “Las declaratorias de monumentos son certificaciones de calidad, pero no pueden convertirse en un fin por sí mismo. No se puede pretender que eso asegure la conservación. Se requiere apoyo, porque los cortes de cinta son solo un primer paso —nos comenta Rencoret, arquitecto a cargo de la Fundación Sewell desde su origen, en 1998, quien con esa perspectiva de más de dos décadas continúa con su balance—: “Hoy Sewell está mejor que hace 20 años, porque hemos recuperado 23 edificios, legados que no pueden morir. La conservación tiene que ver con restaurar las construcciones y volverlas a su estado original, respetando sus valores esenciales. Es una tarea difícil y larga, por las condiciones climáticas”. Para enriquecer  además la experiencia de la visita, en 2001 comenzó a forjarse el Museo de la Gran Minería del Cobre, proyecto que se inauguró nueve años después. Ubicado en la antigua Escuela Industrial de Sewell, la generosa muestra con más de 2 mil piezas concentra parte de un legado de más de 100 años, con historias de un pueblo que en su máximo esplendor llegó a albergar a 15 mil personas.

Historias sewellinas

En cada paso que se da en Sewell se respira historia. Fundada en 1905 por inversionistas norteamericanos, recibió su nombre 10 años después en honor a Barton Sewell, que impulsó la idea desde EE. UU. y que curiosamente nunca conoció el enclave de la Braden Copper Company, que en 1967, gracias a la nacionalización del cobre, pasó a ser controlada por el Estado chileno a través de Codelco. “No había delincuencia. Todos trabajaban en la misma empresa bajo la supervisión del jefe de campamento, que tenía además un departamento de bienestar para atender las necesidades de los trabajadores y sus familias. Había un grupo grande de policías particulares que eran los serenos”, nos cuenta Guillermo Drago, autor del libro Historia General del Mineral El Teniente, 1823-1988. Los serenos eran mirados con recelo por los amantes de las celebraciones, porque generalmente llegaban a arruinar la fiesta, ya que tenían la misión de velar por la decencia vigilando la vida privada de los mineros, quienes tenían prohibición —entre otras “conductas”— de consumir bebidas alcohólicas.

Las distracciones podían afectar la producción

“Trabajábamos en el día y en la noche salíamos a turistear con amigos por ahí. No había bares porque el trago estaba prohibido. Llegaban los guachucheros (contrabandistas de alcohol) con unos 20 litros de aguardiente y la tomábamos en las piezas”, recuerda Ramón Álvarez, quien llegó al yacimiento en 1948 a trabajar en el área mecánica. Como muchos habitantes de Sewell, don Ramón cambió su vida de agricultor en el sur por la minería. Alojó en una pensión y al tiempo se casó con la hija del administrador, por voluntad propia, según confiesa: “A mí no me casaron, porque cuando a uno lo pillaban pololeando lo hacían casarse. Muchos se casaron obligados”. Más que por motivaciones valóricas, el incentivo a las uniones maritales obedecía a evitar distracciones que pudieran afectar la producción, como nos confirma Rencoret: “Era más bien una cuestión de orden práctico que moral. Una pareja que convivía podía generar conflictos, por lo tanto, o se casaban o se iban de Sewell”.

Los sewellinos están contentos y orgullosos a la hora de recordar sus vivencias en el campamento. Actualmente se reúnen en la sede del Círculo de Sewell —ubicado en Rancagua—, con actividades físicas y recreativas durante todos los días de la semana. “Si volviera a nacer, elegiría de nuevo vivir en la mina. Tuve una buena vida, un buen trabajo, hice familia y me retiré con una buena pensión”, reflexiona don Ramón Álvarez.

Patricio Quezada llegó a la ciudad en 1969, con 21 años y recién casado (aclara). Ya retirado, hace un balance de su paso por la mina: “Extraordinaria experiencia. Si bien nos tocaron años duros, teníamos todas las comodidades y no se pagaba por nada. Buen colegio para los niños, buen hospital, buen gimnasio. Solo teníamos que vivir sin grandes preocupaciones. Llegué a tener una casa extraordinaria”.    

Sewell y sus historias dejan a los visitantes maravillados

Por su parte, los distintos guías turísticos, muchas veces exfuncionarios, van recordando episodios emblemáticos durante el recorrido, como el de las “empanadas de dedo” o las apariciones de la “Lola”, misteriosa dama que irrumpía en la mina justo en el día de pago para dejar a su víctima sin dinero. Luis Sandoval, antiguo funcionario de Codelco, es uno de los guías más avezados de la Fundación Sewell: “Más que venir a conocer, la gente viene a aprender. Llegan muchas delegaciones extranjeras —el 20% de los turistas, cerca de 5 mil personas— con real interés por saber de la minería chilena, y visitantes nacionales también con mucha inquietud por nuestra ciudad”. Todos quedan maravillados con las historias y el rescate de construcciones mayoritariamente de madera, que cuentan con un valor arquitectónico clave para declarar Patrimonio de la Humanidad a la “Ciudad de la Escaleras”.

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