La economía mundial continúa estancada. Acompañada de cifras y resultados magros vemos como se va materializando una recesión global. Los mercados están reaccionando a expectativas de que el deterioro y freno en la actividad continúe. Pese a que los bancos centrales continúan asegurando disponibilidad de liquidez, se vislumbra que esta política no es suficiente para reactivar la economía.

Por Nicole Stückrath

La economía mundial continua en una senda de desaceleración pronunciada como consecuencia de la permanencia y efectos del Covid 19, al continuar habilitadas medidas de confinamiento y restricción sobre actividades masivas y públicas. Algunas economías europeas están intentando volver a reabrir y activar ciertas labores para contener que la restricción económica se profundice. Estas están principalmente enfocadas en actividades de comercio y educacionales, pero el temor al contagio requiere seguir tomando todos los resguardos necesarios. Se han determinado turnos, control del número de clientes en un local, fuertes medidas de higiene y seguridad, y el uso obligatorio de mascarillas, además de mantener un estricto monitoreo para evitar reactivar mayor número de contagios y rebrote.

Las malas cifras económicas siguen emergiendo. La semana pasada se dio a conocer el dato de desempleo de EE.UU. con un porcentaje de cesantes de 14,7% de la fuerza de trabajo. Uno de los peores datos desde la gran depresión (crisis de 1929). Las expectativas sobre la actividad económica se han desplomado y los mercados, que habían recuperado algo de terreno en sus índices, nuevamente se mostraron decepcionantes.

La percepción de que los efectos negativos sobre la actividad se prolonguen, repercute fuertemente sobre las expectativas de los distintos actores económicos, los que antelan deterioros en la capacidad de generar flujos y mantenerlos y, en que las empresas, puedan garantizar a sus inversores EBITDAs saludables (sigla en inglés para ganancias antes de impuestos, interés, depreciación y amortización). Esta percepción ya comenzó a generar ajustes en los mercados. De forma reactiva se ha establecido cierta presión sobre las tasas de descuento, para valuar flujos, y también como resultado de un mayor premio por riesgo, como consecuencia de la incertidumbre. Los spreads de tasas de instrumentos de deuda de origen corporativo (empresas) ya comenzaron a exhibir brechas relevantes sobre las tasas largas.  En otras palabras, tanto los instrumentos de renta fija (más seguros) y los de renta variable (más volátiles) están internalizando los efectos de la prolongación del efecto del virus en la economía global.

A nivel local, conocimos el dato de inflación del mes de abril con una variación mensual del IPC de 0% (índice de precios al consumidor). Esta cifra revela la baja presión de demanda hacia el consumo de la canasta de bienes que explica este dato. Los únicos incrementos se vieron reflejados en alimentación y, en particular, en los ítems pan y cerveza. El transporte y combustibles reflejaron una caída mensual, explicado en el menor precio internacional del petróleo, pero también en la menor demanda para fines industriales, transporte y otros.

El índice subyacente IPCSAE, que deja fuera los ítems más volátiles, alimentos y energía, mostró un incremento acumulado en 12 meses de 2,3% mientras que el IPC un alza de 3,4% en igual período.

El Banco Central de Chile decidió mantener su Tasa de Política Monetaria en el mínimo técnico (0,5%), durante la reunión del mes de mayo.  La falta de impulso en actividad, carencia de presiones en precios, mayores cifras de desempleo permiten adelantar que la menor disponibilidad de ingresos mantendrá cualquier presión de demanda contenida. Esta sensación se mantiene reforzada en las diferentes encuestas de la entidad que extrapolan postergaciones en decisiones de inversión por parte de las empresas, expectativas de consumo y producción deterioradas y caída en el índice de colocaciones bancarias (créditos) en el segmento de familias y Pymes. En contraposición las grandes empresas lograron reestructurar y financiar capital de trabajo, pero a tasas y restricciones más elevadas como respuesta al mayor riesgo crediticio.

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