Conoce la historia de un vino elaborado en el desierto más árido del mundo, en condiciones extremas de frío y de calor y en un sector ubicado a casi 2.500 metros de altura. Un producto familiar enmarcado en un proyecto comunitario que rescata la esencia, las raíces y la cultura de Atacama.

La imagen de la etiqueta del vino Ayllu considera un fondo blanco, que representa el salar del desierto de Atacama, y en el sello de la botella figuran los colores de la tierra y el agua, los elementos más importantes para el tradicional hombre andino, ese que debe desafiar las frías temperaturas de la cordillera y las desfavorables condiciones de la altura para lograr el “milagro” de la cosecha en suelos áridos. La botella del Ayllu representa las raíces de una zona desértica que ha sido fecunda para un grupo de agricultores que materializaron un sueño que podía parecer descabellado: vivir de la agricultura vitivinícola en pleno desierto y a 2.475 metros de altura, en las viñas de Toconao, pueblo de casi 800 habitantes ubicado en el borde noreste del Salar de Atacama, a 38 km de San Pedro.

AYLLU: VINO EN COMUNIDAD

El sueño partió con el esfuerzo de tres agricultores que se atrevieron a utilizar el sistema de riego por goteo, el que dio origen a la idea de aunar fuerzas para conseguir un producto que beneficiara al pueblo y a los sectores aledaños, donde también se sumaron actores para la iniciativa. En lugar de competir con los productores vecinos, en Toconao eligieron trabajar en comunidad, o “en ayllu”, si quisiéramos decirlo en kunza o idioma atacameño.

Entre esos tres agricultores figuraba Juan Espíndola, que rescató la cepa país para comenzar una siembra que en la actualidad produce 400 botellas al año, cifra promedio de la producción de cada una de las 19 familias que hoy forman parte del programa Tierra Fértil, impulsado en 2011 por SQM y llevado a cabo en conjunto por organismos oficiales, entidades de educación y las comunidades.

La periodista Alejandra Espíndola, hija de Juan, profundiza en el origen del nombre del vino: “Todos compartimos el mismo lazo de hermandad, todos pertenecemos a la misma sangre, la misma cultura. Eso significa Ayllu”.

El trabajo de la comunidad ha sido exitoso gracias al apoyo familiar de cada agricultor, que es acompañado por su entorno cercano durante todo el proceso, desde la siembra, pasando por la cosecha hasta llegar al etiquetado, el que se realiza en los respectivos hogares con ayuda de hijos, nietos, hermanos y de quien esté disponible para colaborar. Y ese esfuerzo es reconocido en la etiqueta del vino, porque además de aportar los datos propios de la cosecha,  menciona el nombre del agricultor y las ubicaciones de las parras familiares.

“La cosecha se realiza en familia, seleccionando las uvas a mano. Luego, cada agricultor dispone de un turno para llevar su producción a la bodega para el proceso de embotellamiento y encorchado en la única máquina disponible, siempre junto con la familia, que acompaña durante todo el proceso de elaboración”, nos explica Alejandra Espíndola, quien también destaca las bondades del Ayllu: “Entre los atractivos está su variedad, porque cada agricultor elabora un vino diferente de acuerdo a la cepa, como malbec, syrah, chardonnay, entre otras, y también conforme a las cualidades del terreno, ya sea al borde del salar o en quebradas. Esas condiciones permiten que las parras se estresen y produzcan un vino seco con características distintas, a partir de un suelo con muchos minerales”.

 “DIFÍCIL PERO NO IMPOSIBLE”

La escasez de agua se presenta como una de las mayores dificultades para cultivar en el árido desierto de Atacama. Alejandra nos explica el método utilizado en Toconao para enfrentar el obstáculo hídrico, que reemplazó al antiguo sistema por inundación: “Cada 20 días se acumula agua en un estanque. Cada agricultor dispone de 25 minutos de agua, por lo tanto maximiza el tiempo para regar directamente las plantaciones y luego llenar el estanque que abastecerá el sistema de goteo por esos 20 días. Es muy sacrificado porque generalmente el proceso se lleva a cabo de noche o madrugada, para no perjudicar el riego de turno de todo un pueblo”.

El vino Ayllu terminó por materializar el sueño de una comunidad que concentró en sus botellas la esencia y la cultura de su tierra, con todas las complicaciones que implica trabajar en condiciones extremas. “Es una actividad difícil pero no imposible, a pesar de la falta de agua ¡se puede hacer agricultura en el desierto!”, concluye Alejandra Espíndola.

OPINIÓN EXTRA

Entre los expertos que apoyaron este magnífico desarrollo en la altura estuvo Pedro Parra, chileno formado en el Institut National Agronomique de París, a quien la revista Decanter incluyó entre los “50 personajes más influyentes del mundo del vino” y quien adquirió aún más fama asesorando a Sting en sus viñedos. Cuando Ayllu fue lanzado al mercado en 2011, él dijo al diario local El Nortero: “Estos vinos reúnen las cualidades únicas de esta zona del país, tanto de suelo y clima como de los agricultores atacameños que los producen. Estas cualidades únicas son la fuente de la innovación y el principal motor que potenciará esta zona del Salar de Atacama como un ícono a nivel nacional y en el futuro, a nivel mundial, en la producción de vinos de excelencia”.

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