Mucho se habla de poner límites, y vaya que es una habilidad necesaria. Y no se trata sólo de aprender a decir que “no”, o “basta” (que es lo que usualmente entendemos como poner límites). Previo a eso tenemos que saber dónde están nuestros límites, y muchas veces no lo tenemos claro. Esto requiere un trabajo de autoconocimiento y autoconciencia constante en la vida, porque siempre estamos re-conociendo cuáles son nuestras fronteras, los bordes entre nosotros y lo que ya deja de ser nosotros. Qué cosas nos hacen sentir bien y en qué momento dejan de hacerlo. Conocer nuestros límites es parte de construir nuestra identidad, de saber quiénes somos.

Por Andrea Donaire

El problema es que nuestra cultura nos enseña a ocultar nuestra incomodidad. Aprendemos a aguantar hasta que algo ya no sólo es incómodo sino doloroso, o demasiado doloroso. No decimos nada antes para no ser tildados de “exagerados” o de “ponerle color” a algo que para otros no tiene importancia… quizás para no parecer demasiado sensibles, o débiles. Y en ese camino, nos vamos perdiendo de nosotros mismos. Transgredimos nuestros propios límites desde adentro, muchas veces porque no los conocemos, ya que no conocemos ni legitimamos nuestras propias sensaciones y emociones.

Entonces, aguantamos hasta que no nos queda otra que explotar con intensidad acumulada y de mala forma.

¿Cuándo transgredimos nuestros límites?

Cada vez que hacemos algo que no queremos realmente hacer y que no nos hace sentir bien, por miedo (a lo que dirán los demás o alguien, al rechazo, etc.), o por culpa.

O cada vez que aceptamos pasivamente faltas de respeto o malos tratos, teniendo la posibilidad de hacer algo al respecto. (Hago esta precisión aquí porque en casos de abuso – maltrato donde existe una diferencia de poder físico o simbólico -, la víctima puede paralizarse y no tener la posibilidad de defenderse. En ningún caso tiene responsabilidad ni culpa en eso).

Podríamos decir que al transgredir nuestros límites de estas formas nos vamos alejando de quiénes somos realmente. También los transgredimos cuando tomamos responsabilidades que no nos corresponden, y de paso podemos transgredir los límites de otros no respetando su autonomía y capacidad de decisión.

La forma “buena” de transgredirlos es cuando vamos expandiéndolos desde adentro, al aprender y crecer. Esto puede ser incómodo y requerir vencer ciertos miedos, pero si lo hacemos por voluntad propia es positivo y nos hace mejores personas.

¿Cómo podemos aprender a poner límites?

Tenemos que reeducarnos y habituarnos a tomar conciencia de nuestras emociones. El cuerpo es la mejor brújula. Siempre nos avisa cuando algo se siente bien o no, pero no siempre lo escuchamos. Si nos volvemos más sensibles a nuestra propia incomodidad, podemos detenernos y reflexionar: ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Es porque realmente quiero hacerlo, o porque si no lo hago me voy a sentir culpable? ¿Lo hago porque quiero o porque siento que debo? ¿Lo hago por miedo a algo o a alguien?…

Esto nos permite adquirir la capacidad de reaccionar tempranamente, y tomar acciones para corregir el rumbo. Es algo totalmente entrenable y como todo en la vida, requiere práctica.

Aprender a reconocer nuestros límites no significa que vamos a hacer sólo cosas que nos sean agradables y cómodas, sino que todo lo que hagamos, y cómo reaccionemos ante otras personas y hechos lo haremos con mayor conciencia y autenticidad.

¿Qué límites tuyos y de otros sueles transgredir?

Leer también: RELACIONARNOS MEJOR CON NUESTROS ADULTOS MAYORES EN PANDEMIA.

Suscríbete al Newsletter
Enviar
close-link

Suscríbete al Newsletter

SUSCRIBIRSE
close-link